La calle de tu vida, bellísimas y sabias palabras

 La calle de tu vida   

Hijo querido:  

Comienzas a andar la difícil calle de tu vida. Eres joven, y en cada esquina te espera una aventura, buena, o mala; te espera la traición, la fidelidad, el amor, el olvido; te esperan también estudios e ideales. 

La campesina –por lo inocente y sincera– de tu alma, llevará en sus brazos una cesta donde poner todo lo sombrío, y otra maravillosa cesta de luz, donde guardar lo bello y puro.  

Te acompañarán las tristezas, los impostergables fracasos, el dolor por lo que perderás, y lo que no podrás; conquista. En la cesta luminosa, racimos inefables de esperanzas alumbrarán tu tiempo con sus maravillas. Allí reinarán tus logros y éxitos. La dicha se asomará en ella, y te sonreirá. El amor, los años generosos en dádivas amables irán contigo. Caminarás de la mano tibia del Sol.  

Sin embargo, hijo querido, deberás aprender que luz y sombra son hermanas gemelas; tristeza y alegría son hermanas gemelas, porque ambas son hijas de las cambiantes y díscolas horas, en tanto que tú eres Hijo de la Eternidad. Tú eres perenne. Tu Ser es una criatura perfecta, estática, inamovible como el Eje del Universo. Tú no derivas, no cambias. Pero la alegría y la tristeza en la calle de tu vida, sí. El placer y dolor en la calle de tu vida, sí, y también tu risa, tus lágrimas, tu cuerpo anciano, y tu joven cuerpo.  

La calle de tu vida –esa calle por la cual se desplazan los pasos de tu conciencia– genera los racimos de las vides del Tiempo. Esas vides nada tienen que ver con tu Esencia.  

Por eso, te invito a que eleves tu conciencia hasta el Sagrado Reino de la objetividad. No permitas que las múltiples máscaras de Cronos se apoderen de ti, haciéndote danzar a su gusto. Pasa por tu calle –la que te dio el destino– con pies ligeros, y no subjetivices en demasía sus mieles placenteras ni creas en la hipocresía del dolor, que siembra en los surcos de sus sombras, las semillas futuras de auroras magistrales: la hija de la noche siempre es el alba! Látigo y miel son uno; látigo y miel son tus maestros, y poseen la genialidad de los artífices divinos. Ellos, esculpiendo en tu interior, desnudarán el mármol olímpico de tu Ser de todo pedregullo que lo desdibuja. Beethoven, Fidias del sonido, hizo de escalas y fraseos su cantera melódica y extrajo de ella sonatas y sinfonías para gloria del mundo, y fue porque permitió que en la calle de su vida, miel y látigo lo esculpieran.  

No todos podemos lograr la dimensión de ese gigante, pero tenemos humildemente la que nos es propia. Sé fiel a la tuya, y como te dije anteriormente, anda por la calle de tu vida sin demasiado apego ni rechazo por esos dos rostros constantes.  

A tus veinte años te parecerá muy larga la calle de ese existir; sin embargo, sin que te des cuenta, la recorrerás por completo. Mírala, es tuya. Te protege, pero también requiere de ti el paso respetuoso, el paso que la dignifique. Hallarás amigos en ella, te encontrarás con tus Maestros, y tus futuros discípulos, con el que te debe y al que debes, con el que no te quiere y que tú quieres. Te encontrarás con la totalidad del mundo misteriosamente, sin moverte de tu calle, porque todo está en ella.  

Esperará por ti, si el orgullo te viste, la mansión arquetípica donde tu ego querrá residir, o la casa humilde de tu alma madura que ansía otras clases de riquezas: las del Ser. Te invitarán a entrar en ellas, la iglesia y la sala de juegos, la biblioteca o el salón de baile. ¡Deberás elegir dónde ingresar! Tu amigo marcha por ella, y marcha también aquel que consideras enemigo tuyo. Cuando llegues al final de tu calle, quién sabe si no te pedirá cuentas sobre tu transcurrir. Cuídala, hijo querido, no sea cosa que cuando tu tiempo se vista de noche para ti, al verla ya lejana, te sea difícil recordar si dejaste en ella pasos de luz, o si dejaste al andar los sombríos pasos de los que vivieron de modo equivocado.  

Si sembraste pasos luminosos al recorrerla, verás, que como las semillas del campesino, tus pasos-semillas generarán para las tierras de tu futuro, claridades infinitas.  

La calle de tu vida es sagrada. Es tu camino al Cielo o al infierno, a la oscuridad o a la Luz. Ten conciencia de ello, y recórrela con gentil amabilidad, bendiciendo al Cielo por haberte otorgado, con ella, la oportunidad de dar alas al que quiere volar, con tus enseñanzas, y amor, con cada latido de tu corazón. 

Ada Albrecht – fundadora de Hastinapura

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